Cuentos y Relatos: "AMORES SON AMORES"

SANTA ROSA 13/12/2023 Diario Tres Diario Tres
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por Serafina Burzio (Wheelwright - Santa Fe)

 

“Se lo dije, pero no me dio pelota.

Verlo y encandilarse, fue solo una.

_Mirá Emilia que no todo es color de rosas- le dije al principio, pero ella “dale con el culo contra la puerta” como decía mi viejo cuando yo porfiaba algo.

 ¡AMORES SON AMORES! – vociferaba -lo que pasa que vos siempre fuiste una descreída, una desconfiada. 

Y empezaba con la perorata:

-   Cuando Angelita, la portera, pobrecita que en paz descanse (acto seguido se persignaba) nos servía el mate cocido y  el sándwich de mortadela, abrías el pan para  oler a ver si la mortadela estaba podrida, yo me lo comía de un mordiscón y ni una cagueta me agarré nunca. Por eso te quedaste solterona, yo en cambio soy viu -da.

 Y decía” VIU - DA “separando en sílabas, saboreando la palabra, como si eso le diera un status superior al mío.

 A lo mejor era así, pero en realidad yo no sé que me perdí de lo que ella tuvo. En fin…la filosofía barata, para otro momento.

 La cosa es que esta vez creo que me la había ganado: el idilio crecía día a día, les tendría que haber sacado una foto, hacer un cuadrito y debajo titularlo: ”AMOR SIN BARRERAS,” si no hubiera sido que  me acusaran de plagio porque creo que ese título era el de una película.

Eran inseparables: salían  juntos a dar una vuelta por el barrio, juntos a hacer los mandados, juntos a sentarse en la placita de Liniers al atardecer, y en completo silencio saborear el momento en que la noche le empieza a quitar espacio al sol (esta frase ni loca se la digo, para que me mire como diciendo “¡Te transformaste en poetisa!¡ Se ve que ahora no te queda más que estar de acuerdo en que hay amores y amores!”).

 El único día que no iban juntos era para la cena del reencuentro de las de la Escuela Superior de Comercio, todo un suplicio para mí: vernos las canas, las arrugas y que cada vez quedábamos menos, pero Emilia disfrutaba hablando siempre las mismas boludeces con el agregado que  ahora entraba en un mundo de anécdotas donde él era el principal protagonista.

 Fue un domingo de verano.

 Calor agobiante. 

La siesta, un placer.

 En eso estaba cuando sonó el celular.

Lo tenía a mano, en la mesita de luz, me lo puse en la oreja dispuesta a echarle una puteada al que me jodía a esa hora.

Miré y decía EMILIA. Ahí me entró la preocupación, ella nunca se hubiera atrevido a interrumpir tan plácido momento.

No sé si porque todavía estaba medio dormida pero no le entendía nada, hablaba con odio, despecho, entre sollozos.

_ Calmate, todo tranqui. Inhalá contando hasta cuatro y exhalá contando el doble, como lo hacemos en yoga.

-       Tenías razón, el desgraciado me dejó. Fui a hacer unos mandados y me dio lástima que me acompañara, estaba cómodo en el sillón que da al patio de la víbora de Nilda (siempre se refería así a su vecina) Cuando volví no estaba ahí, me dio cosa ese silencio, lo llamé y al subir corriendo a la terraza no lo encontré. Se olvidó de todo lo que le di: una casa respetable, comida, amor del bueno.

 Y siguió enumerando en un listado interminable  todo lo que el ingrato había olvidado, entre puteadas más llanto.

-        Bueno Emilia, te dije que cuando tu gato entrara en celo, no lo ibas a tener más ni con una bolsa mojada. Ahora tomá un baño, relajate,  pensá en conseguir otra mascota. ¡Y dejate de joder, quiero seguir durmiendo!

Y le corté.”

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