Una mujer loca detrás de una puerta que se parece a otra

SANTA ROSA 02 de noviembre de 2020 Por Diario Tres
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por Carola Ferraricaro

 

Me soñé loca. Enloquecida por un hombre, por un hombre que ofreció amor y mentira. Soñé que aceptaba volverme amante de un casado, creo que imaginando algún amor posible aunque sabiendo que ningún amor lindo podría surgir de una mentira, y el chabón me desechaba o al menos pretendía hacerme sentir eso, un desecho, un cuerpo roto, inútil, vencido. 

Parte del sueño se mezcló con una serie que vi hace unos días, Grand Army, soñé con el desprecio del varón a la mujer china y soñé con la puerta de ingreso de esa escuela, con su vigilancia, con la chica que salta las piernas del vigilante para ejercer su libertad. Y en parte también se me mezcló con el mensaje de mi vecina que me pidió que vigile más a les chiques, La palabra vigilar me parece horrible, ojalá no tuviera que volver a leerla, menos que me pidan que me vuelva vigilante, no sé, pedime que te mire, que te cuide, que te ayude, pero no que te vigile. La vigilancia y el control de los cuerpos me resuena objeto, objetos preciados, quizás, con suerte, nos cuidan pero eso admite que hay la otra posibilidad, la de ser desecho.

A veces siento que una mujer acepta ser la desechable para un hombre porque se enreda en las mentiras y la doble moral de la cultura patriarcal, por eso me parece tan triste ser la desechada, que con solo una p se vuelve des-p-echada y una mujer despechada es capaz de enloquecer.  Así me soñé, desechada, y la -p- y la loca.

Gracias al feminismo ya no le tengo miedo a la loca, es más, la amo, amo a la loca, porque hagamos lo que hagamos siempre seremos unas locas, así que mejor adorar a la loca, y así, loca, en mis sueños, en mi inconsciente, me fui a reivindicar mi condición femenina frente a la estafa en el amor, fui por venganza, fui por justicia, fui sin miedo, incluso, fui con alegría. Porque ser la loca es pura emoción. 

En mi sueño buscaba la casa del chabón que me destrataba, infinitas puertas de un barrio como de conventillo, infinitas puertas que todas se parecían. Y encontrar la suya me llevó varios viajes, me extraviaba en ese barrio desconocido parecido también a la serie, hasta que me acompañaron dos amigas y así, entre varias, encontré su casa y violé su puerta y me introduje a su vivienda, y llevé a cabo mi venganza. 

El chabón llegaba justo, en mis sueños, me descubría en medio de mi locura, me decía que era una loca, que se me notaba en la cara, me decía, y yo le mostraba mi barbijo que cubría mi cara y mi locura, y él me decía que me chispeaban los ojos de locura, y que por eso me había desechado. Por loca y chispeante.

Yo me iba, pasaba por sobre sus piernas, como quien salta las botas del vigilante, del vigilante que hace serie, y de la puerta que se parece a todas, y saltaba ocultando mi miedo, y chequeaba en mis sueños si de verdad me veía segura y valiente. Y me iba sabiendo que aguardaría en la calle a mis amigas. 

Cuando ellas llegaron nos reímos como locas, una amiga me decía que él había querido hacerse el vístima, que había querido llorar por mi locura y que ellas solo procuraron irse de su vivienda sin que las dañara, así, con cómo solo las mujeres hemos aprendido a huir del peligro. Después, en mis sueños, debatíamos en qué bar nos tomaríamos la cerveza para relatarnos entre nosotras mil veces tremenda hazaña. 

Cuando me desperté y recordé el sueño se lo conté a mis amigas muriendo de la risa, escuchen ésta amigas, escuchen mi locura: fui a la casa de un chabón y violé su puerta y entré ¡y pinté todas sus paredes de blanco! Eso hice en mis sueños, eso hice con mi vida. Brochazos de pintura a mi lado varón. Una mujer loca pintando paredes blancas detrás de una puerta que se parece a otra. 

Diario Tres

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