El amor vira

SANTA ROSA 03 de julio de 2020 Por Diario Tres
COLUMNA

por Carola Ferraricaro

 

Llamé a Elvira, mi nueva analista. Quienes me conocen saben de mi amor a Laura, la analista que ocupó ese lugar durante quince años. Llegué a la primera sesión diciendo: “tengo una hija de tres años”; ahora esa hija tiene dieciocho y además se sumó un hijo. Quince años con Laura y mi amor por ella es infinito.  

Nunca dudé de mi transferencia, mi análisis marchó sin titubeos sobre mi amor, tanto al psicoanálisis como a quien encarnó el lugar de analista. Pero, en medio del aislamiento del covid-19 irrumpió la convicción de que mi análisis con Laura había llegado a su fin. Ese momento fue la desolación misma. El desamparo absoluto. 

Mi nueva analista se llama Elvira, la escuché por primera vez en una instancia de formación, creo que fue en un congreso, no recuerdo cómo se llamó esa vez la excusa que encontramos les analistas para ir a la escucha de nuevos saberes, sacarnos fotos, obvio, presumir de ellas (barrades, obvio, porque les analistas sabemos de la castración), y “nos autorizamos” a la pavada, nos reímos y dignificamos la tontera del amor. Del amor al psicoanálisis. Eso nos une y estamos allí, cada vez, a cualquier costo porque amamos el inconsciente y la singularidad de cada quien. Amo ese espacio y a su gente, porque hay de todo, hay lo unario, el rasgo, el sinthome, lo queer. Hacemos lazo con el psicoanálisis, ese es nuestro par. El verdadero amor. 

La cuestión es que ese día Elvira habló de Freud y de su machismo y yo escuché esa charla y me encantó, fui a esa charla por el título: “Freud y el patriarcado”. Pero, no me encontré solo con lo que quería del saber, “que la época de Freud era machista”, “que Freud gozó de privilegios por sobre sus hermanas”. Todo eso fue un encuentro esperado. Pero ahí encontré otra cosa porque algo quedó resonando en mi corazón: una voz. Una voz que se rió de la fastuosidad de una pregunta, “ah, pero hasta me parece que no soy la autora de lo que acabo de exponer”, dijo Elvira y yo me reí y la quise, quise darle un abrazo.

Cuando sentí que mi análisis con Laura había terminado me puse a pensar en “otres”, ¿quién podría encarnar ese lugar? Y su voz y su risa tocaron las puertas de mi inconsciente. 

No recordaba su nombre ¿cómo se llamaba la analista de esa charla? pregunté a las amigas con las que alguna vez compartí jornadas, congresos o conferencias. Y nada. Intenté que otras me dieran un nombre, les pregunté a ellas sobre mi objeto perdido. 

Hasta que finalmente, un domingo, Laura4 me mandó un mensaje diciendo: “entrá al vivo de Carlos que va a estar con Elvira”. Obvio, yo no sabía ni quién era “Elvira”. Pero me conecté al vivo, Laura4 me lo pedía. 

Al entrar por zoom la pantalla mostraba múltiples caras imprecisas, pequeñas, pixeladas. Pero allí estaba lo perdido, la voz, su voz. La voz de Elvira. Algo había tocado mi corazón, que es lo mismo que decir mi inconsciente. Algo volvió a vibrar en mi cuerpo. Y lloré, lloré de emoción, lloré de amor. El amor vira. Él-vira. Ella no.  

 

Diario Tres

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