La política del amor

SANTA ROSA 16 de abril de 2020 Por Carola Ferrari

por Carola Ferrari  caro

El coronavirus nos obligó al aislamiento, a estar en casa, solos, solas, soles, con hijes, compañeres, hermanes, nos detuvo el tiempo, así, como nos encontró esta pandemia, paró las agujas, congeló el segundero. Nuestros cuerpos han quedado sin ese pulso que nos parecía habitual. Pero el pensamiento se nos ha acelerado a contrapelo del segundero, queremos entender, queremos llenar de sentido, queremos anticiparnos, adivinar qué vendrá y eso sí que no se puede. Miedo, ansiedad, negación, enojo, o una simple aceptación son algunas de las cosas que siento que nos va sucediendo. 

Y también creo que este “detenernos” nos colocó en bandeja, frente a nuestros ojos y nuestras reflexiones, en un encuentro asquerosamente descarnado con nuestras decisiones. Un encuentro con lo más extremo de cada una de nuestras decisiones o de nuestras elecciones, para bien o para mal, pero para nada indiferente. 

Siento que estamos en una evaluación profunda de este camino que muchas veces andamos sin involucrarnos. Imagino que nos llevará mucho tiempo poder significar, dar sentido, y lo haremos una y otra vez, seguramente, volviendo infinitamente a este punto en que nos encontramos, pero cuando estemos allá, en el futuro. Pero hoy, ahora mismo, este presente es el encuentro real, sin palabras, sin ropajes ni maquillaje,  con lo propio, con lo singular, con lo uno. 

Este aislamiento, al menos a mí, me puso a pensar, a dejarme acontecer, a llorar por momentos, a escribir, a encontrarme con lo que me falta, con lo que no puedo (por mí o porque así me obliga esto de “cuidarnos”), a veces me imagino en el centro de un tornado, quieta, todo girando alrededor, ver pasar en la maraña del viento los objetos que el tornado arrasa. Quedarnos quietes es lo único que nos aleja de los tentáculos del viento que nos quieren alzar. Nos veo a todes como en pequeños tornados, cada une en la tragedia de su vida. Pero allá, más allá de la tormenta, hay un modo de lazo social reinventado. El lazo virtual que nos ha permitido anudarnos para no dejarnos arrasar. 

Son muches les intelectuales tratando de poner su discurso en la cresta de la ola, franceses, coreanos, españoles, argentines, entre otres. Se preguntan por los efectos posteriores al coronavirus, pero entendiendo primero que es una consecuencia devenida de la maquinaria infernal de desigualdades y privilegios que es el capitalismo, principal explotador de nuestros cuerpos, en principio, pero también principal explotador de los recursos que agotan desenfrenadamente nuestro medio ambiente. Entonces el coronavirus detuvo lo irrefrenable, nos detuvo a nosotras, las personas. Nos detuvo para pensar y sentir, nos obligó a evaluar. ¿Qué nos salva? 

Parece que nos rescata el lazo amoroso con el otre. Parece que de verdad nos salva el amor. Las palabras de cariño que al final del día le podemos transmitir a la amiga o el amigo que está igual o quizás peor que nosotres. A mí me salva cada mensaje que redacto, cada soplo que lanzo a la virtualidad y que imagino será un pequeño mimo para quien lo lea. Un gesto de amor, de ternura. Ofrecerlo ya nos anuda un poco. Sentir la vuelta del amor es un nudo con ancla, es la convicción de que a este tornado le va a costar mucho llevarnos si acá nos amarramos.

El discurso feminista viene luchando hace más de cien años contra este sistema capitalista y patriarcal y todas las voces feministas proponen un modo amoroso de lazo social, despojado de poder, basado en una situación de igualdad, en un absoluto respeto por la singularidad, singularidad por fuera de toda norma, entendiendo que seremos libres cuando no haya privilegios para unos poques sino derechos para todes. Y que estos derechos deben ser sociales y ambientales, sin distinción de raza, posición social o cultura, así como también sin distinción de frontera o región dentro del planeta; porque eso nos ha mostrado el virus, que no distingue género, etnia, clase social, así como tampoco norte o sur. 

Ahora, más que nunca, cuando mi encuentro singular está teñido de mucha paz, porque me siento artífice de mi destino, porque siento que vivo y habito esta cuarentena del modo que hubiera decidido hacerlo si hubiéramos podido planearlo. Ahora, más que nunca, siento que en cada día y en cada acto, llevo adelante la frase feminista de que lo personal es político, (incluso lo momentos hedonistas) y estoy más convencida y gratificada en poder sentir profundamente que el feminismo es el modo más amoroso y libre de habitar la política del amor. 

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