Adorni, ¡afuera!

RELATOS y OPINIONES
SANTA ROSA02/07/2026Diario TresDiario Tres
FRANCO S

La política argentina está acostumbrada a las renuncias. Algunas llegan por diferencias ideológicas, otras por derrotas electorales y muchas por escándalos. La de Manuel Adorni pertenece a este último grupo.

Su salida no obedeció a una decisión estratégica ni a un recambio de gestión. Llegó porque la presión política, judicial y mediática terminó haciendo insostenible su continuidad. Durante meses, el Gobierno defendió a uno de sus hombres de mayor confianza mientras la Justicia avanzaba sobre una investigación por presunto enriquecimiento ilícito y otras posibles irregularidades patrimoniales.

El problema nunca fue únicamente la investigación judicial. En un Estado de Derecho toda persona conserva la presunción de inocencia hasta que exista una sentencia firme. Lo verdaderamente grave fue la acumulación de hechos que erosionaron la credibilidad del funcionario y, por extensión, del propio Gobierno.

Viajes de lujo incompatibles con sus ingresos declarados, compras inmobiliarias, movimientos de dinero difíciles de justificar, importantes gastos con tarjetas y posteriores rectificaciones de su patrimonio fueron alimentando una sospecha que dejó de ser solamente una cuestión judicial para transformarse en un problema político de primera magnitud. Según trascendió, incluso el propio Adorni reconoció la existencia de importantes ahorros que no habían sido incorporados oportunamente a sus declaraciones patrimoniales.

El oficialismo optó por resistir. Javier Milei sostuvo públicamente a su jefe de Gabinete durante meses, convencido de que las denuncias formaban parte de una operación política. Sin embargo, mientras el Presidente defendía a su funcionario, la agenda del Gobierno comenzaba a quedar atrapada por el escándalo. Las discusiones parlamentarias se contaminaban, los aliados empezaban a tomar distancia y hasta dentro del propio oficialismo aparecieron voces que advertían que la permanencia de Adorni tenía un costo demasiado elevado.

Finalmente ocurrió lo inevitable. La renuncia fue presentada como una decisión personal para proteger a su familia de los "ataques mediáticos". Pero resulta difícil sostener esa explicación cuando el contexto muestra una investigación judicial en pleno desarrollo, crecientes cuestionamientos públicos y un Gobierno que terminó aceptando lo que durante meses intentó evitar.

Quizás el daño más profundo no sea institucional sino simbólico.

Javier Milei construyó buena parte de su liderazgo denunciando a "la casta", prometiendo una administración moralmente superior y asegurando que no habría tolerancia con la corrupción. Ese discurso fue una de las principales razones por las cuales millones de argentinos depositaron su confianza en las urnas.

Cuando un funcionario tan cercano al Presidente termina renunciando envuelto en semejantes sospechas, el problema deja de ser exclusivamente personal. La vara ética con la que se juzgaba a gobiernos anteriores inevitablemente comienza a aplicarse sobre la administración actual.

La Justicia deberá determinar si Adorni cometió o no delitos. Esa respuesta corresponde únicamente a los tribunales.

Pero el juicio político ya empezó hace tiempo. Y ese veredicto no depende de expedientes ni de fiscales: depende de la coherencia entre lo que un gobierno promete y lo que finalmente hace cuando la corrupción golpea la puerta de su propia casa.

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