
Hay historias que resultan tan difíciles de comprender que obligan a mirar más allá de los expedientes judiciales. La de Jenifer Raimondo es una de ellas.
Este 3 de junio, mientras en todo el país se recordaba un nuevo aniversario de Ni Una Menos, la Justicia de Río Tercero absolvió a la mujer de Almafuerte que llegó a juicio acusada de matar a su padre. Tras escuchar testimonios, analizar pruebas y reconstruir una vida marcada por el sufrimiento, el tribunal tomó una decisión unánime. Al escucharla, Jenifer pronunció apenas tres palabras: “Ni una menos”.
No fue una consigna política. Fue una síntesis.
Porque detrás de ese caso no apareció solamente un hecho policial. Lo que emergió durante el juicio fue el retrato de una existencia atravesada por la vulnerabilidad, la pobreza, el aislamiento y, según los testimonios incorporados a la causa, años de abusos y violencia intrafamiliar.
¿Cuántas formas de violencia pueden existir dentro de una misma casa sin que nadie logre detenerlas?
Desde hace once años, Ni Una Menos viene ampliando la mirada sobre una problemática que durante décadas se intentó reducir a casos aislados. La violencia de género no comienza con un femicidio. Empieza mucho antes. Empieza con el control, con el miedo, con el sometimiento, con los abusos que permanecen ocultos entre cuatro paredes y con los silencios que se vuelven rutina.
Por eso el caso de Almafuerte conmueve tanto.
Porque obliga a pensar en esas violencias que rara vez ocupan los titulares. Las que transcurren durante años lejos de las cámaras, de las redes sociales y de las estadísticas. Las que ocurren en hogares donde las víctimas muchas veces no tienen herramientas para pedir ayuda o ni siquiera alcanzan a imaginar una vida diferente.
El juicio dejó expuesto un relato estremecedor sobre una realidad que, según declararon numerosos testigos, habría acompañado a Jenifer prácticamente desde su infancia. Y allí aparece una verdad incómoda: cuando una situación de violencia se prolonga durante décadas, las consecuencias terminan siendo imprevisibles para todos.
Nada de lo ocurrido puede celebrarse. En esta historia no hay ganadores. Hay una familia destruida, una muerte violenta y una mujer cuya vida quedó marcada para siempre.
Sin embargo, el caso deja una enseñanza que trasciende a sus protagonistas.
Cada vez que una sociedad mira para otro lado frente a una situación de violencia, el problema no desaparece. Se agrava. Crece en silencio. Se vuelve más profundo y más difícil de reparar.
Quizás por eso las palabras pronunciadas por Jenifer al escuchar su absolución resonaron con tanta fuerza. Porque recordaron que detrás de cada bandera de Ni Una Menos existen historias concretas, personas concretas y sufrimientos concretos.
Historias que muchas veces pasan años esperando ser escuchadas.
Y porque la lucha contra la violencia no empieza cuando ocurre una tragedia. Empieza mucho antes, cuando una sociedad decide no ser indiferente frente al dolor ajeno.




